Un tío en España fue al médico por un dolor de cabeza y le encontraron bichos en el cerebro
His doctors went looking for cancer, then they saw the worms' heads.
Te voy a contar una historia que parece sacada de una peli de terror cutre, pero es real y pasó aquí, en España. Un colega de 60 años, de esos que se jubilaron después de toda una vida en la obra, empezó a tener un dolor de cabeza que no se le iba ni a hostias. Llevaba dos semanas con él y cada día peor, además la familia notó que se comportaba un poco raro, como más lento, más apagado.
Va al médico, le hacen las pruebas típicas: análisis de sangre y un escáner. La sangre, normal, salvo que tenía los niveles de IgE por las nubes, que es como la alerta del cuerpo para alergias, enfermedades autoinmunes o, sí, infecciones de parásitos. Pero los médicos, en lugar de pensar en bichos, se centraron en lo que vieron en el TAC: el cerebro del hombre tenía un montón de lesiones, como puntos sospechosos, y además inflamación. El diagnóstico que se les vino a la cabeza fue cáncer metastásico. Vamos, que se la jugaron a que era un tumor que se había expandido.
Le recetaron corticoides para el dolor de cabeza y el tío mejoró, pero ellos seguían empeñados en encontrar el cáncer. Le hicieron de todo: TAC de cuerpo entero, colonoscopia, PET-TAC… una batería de pruebas que te dejan fino. Y nada. Ni rastro de cáncer. Así que, un poco mosqueados, le hicieron una resonancia magnética, que es como el TAC pero con más detalle. Y ahí, en la pantalla, vieron las cabezas de las lombrices. Sí, como lo lees. Las lesiones no eran tumores, eran quistes con larvas de tenia, y hasta se veían sus cabecitas, que los médicos llaman escólices.
Lo flipante es que la tenia no es endémica en España, y el hombre juraba que no había salido del país. Pero los médicos tiraron del hilo y descubrieron que, hasta que se jubiló diez años antes, trabajaba en la construcción, a menudo con gente que había migrado de zonas donde el cerdo con tenia es más común. Así que, sin querer, el tío se tragó los huevos del bicho y estos se instalaron en su cerebro. Menos mal que lo cogieron a tiempo, porque si no, el final podría haber sido peor.
La lección aquí es doble: primero, que a veces lo que parece cáncer resulta ser algo mucho más guarro, y segundo, que los médicos también se equivocan. Pero al final, lo importante es que el hombre está vivo y, supongo, que ahora mirará el cerdo con otros ojos.
Según ha adelantado el medio ArsTechnica.



