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La sombrilla de playa te está mintiendo: por qué te quemas igual aunque estés a la sombra

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Una escena habitual de cualquier verano es ver cómo la gente llega a la playa, clava la sombrilla en la arena, extiende su toalla o pone su silla debajo de la sombra y respira aliviado po

La sombrilla de playa te está mintiendo: por qué te quemas igual aunque estés a la sombra

Mira, te voy a contar una cosa que igual te jode el verano, pero mejor que te joda ahora a que te joda la piel después. Todos hemos llegado a la playa, hemos clavado la sombrilla bien hondo, nos hemos tumbado debajo como si fuéramos el rey del mambo y hemos pensado: 'Ya está, aquí no me pasa nada'. Pues no, colega. Resulta que esa sombrilla, ese invento que llevamos usando desde que el primer abuelo se plantó en la orilla con una caña y un trapo, es una trampa. Una trampa de manual.

Te pongo en situación. Llegas a casa después de un día de playa, te das una ducha para quitarte la arena de encima y, cuando te miras al espejo, ves que tienes las piernas rojas como un tomate. Y dices: 'Pero si yo no me he movido de la sombra, ¿cómo coño me he quemado?'. Pues porque la sombrilla no te protege tanto como crees, y la culpa no es del toldo, ni del sol que pega fuerte, sino de la puta arena. Sí, la arena, esa que se te mete en todos los sitios y que ahora encima te quema la piel.

La cuestión es que el sol no solo te da en línea recta, como si fuera un láser desde el cielo. No, tío. La luz ultravioleta es más lista que el hambre y rebota. La arena de la playa, según los estudios, refleja entre el 15% y el 20% de la radiación UV. Eso significa que, aunque estés debajo de la sombrilla, los rayos te llegan por los lados, por abajo, desde todos los ángulos. Es como si estuvieras en una discoteca de rayos UV y la arena fuera la bola de espejos. Te llega por todas partes, y la sombrilla solo te cubre de lo que viene de arriba.

Pero esto no es una teoría de un loco en un blog, que conste. Hay un estudio de 2017 que lo dejó clarísimo. Unos investigadores se fueron a una playa de Texas con 81 personas que tenían la piel sensible. Las dividieron en dos grupos: uno se sentaba bajo una sombrilla normal, como la que usas tú, y el otro se embadurnaba con protector solar de factor 100, pero sin sombra. Los dejaron allí tres horas y media, a pleno mediodía, como si estuvieran de vacaciones forzadas. ¿El resultado? El 78% de los que estaban bajo la sombrilla acabaron con quemaduras solares. El 78%, tío. Eso es casi ocho de cada diez. En el grupo del protector solar, solo el 25% se quemó. Y si miramos el número de lesiones, la cosa es aún más bestia: 142 incidencias de quemadura bajo la sombrilla frente a solo 17 con la crema. O sea, la sombrilla te deja hecho una birria ocho veces más que el puto protector solar.

Y ojo, que no estoy diciendo que tires la sombrilla a la basura. La sombrilla mola para no achicharrarte la cabeza y para tener un sitio donde dejar la bolsa de las pipas. Pero si crees que solo con eso estás a salvo, vas listo. El problema es que la gente confía ciegamente en la sombra como si fuera un escudo mágico, y no lo es. La arena, que es como una esponja de rayos, te devuelve la radiación, y además el sol también te da por los lados si la sombrilla no está bien colocada o si el día avanza y la sombra se mueve. Porque sí, la sombra se mueve, y tú te quedas ahí, como un pasmarote, mientras el sol te va friendo poco a poco.

Yo he visto a gente en la playa que se pasa el día bajo la sombrilla, sin moverse, y luego se quejan de que se queman. Y es normal, porque la arena es una cabrona. De hecho, hay estudios que dicen que la arena seca refleja más radiación que la húmeda, así que si te pones cerca del agua, igual te salvas un poco, pero en la zona seca, donde se pone todo el mundo, estás en el punto de mira. Además, la sombrilla no cubre todo tu cuerpo. Si te tumbas, las piernas o los brazos pueden quedar fuera de la sombra directa, y entonces te da el sol de refilón. Y luego está el efecto rebote: la luz que choca contra la arena y te da en la cara, en los hombros, en los pies... Te quema hasta las uñas.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos quedamos en casa? No, hombre, no. La playa es sagrada, y el verano es para disfrutarlo. Pero hay que ser más listo que la sombrilla. Lo suyo es combinar: ponte la sombrilla, sí, pero también échate protector solar. Y no un factor 15 de esos que parecen agua, sino uno bueno, de factor 50 o más, y que sea de amplio espectro, que cubra UVA y UVB. Y repónlo cada dos horas, o después de bañarte, que el agua se lleva la crema por muy resistente que diga ser. Y no te fíes de la nubes, que los rayos UV atraviesan las nubes como si nada. Y si tienes la piel clara o eres de los que se queman con solo mirar el sol, más cuidado todavía.

La sombrilla es un complemento, no una solución. Es como si te pones un casco en la bici y crees que ya no te puedes caer. Pues no, te caes igual, pero con casco. Pues lo mismo: la sombrilla te da sombra, pero no te salva de la radiación que rebota. Así que no seas el típico que llega a casa con la piel como un cangrejo y dice 'no sé cómo me ha pasado'. Ya sabes cómo te ha pasado: por confiar en la sombrilla de toda la vida.

Y una cosa más: no te olvides de la cabeza, las orejas, los labios y los pies. Esas zonas se queman y duelen un montón. Y los niños, que son los que más corren y juegan, van a necesitar doble protección. Así que ya sabes, la próxima vez que vayas a la playa, planta la sombrilla, pero no te fíes. Échate crema, ponte una camiseta si vas a estar mucho rato, y busca la sombra de verdad cuando el sol apriete. Que el verano es para disfrutarlo, no para pasar tres días con la piel como un papel de lija.

Segun ha adelantado el medio Xataka.

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