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La princesa Mononoke cumple 29 años: la obra maestra de Ghibli que sigue siendo un puñetazo en la mesa

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Studio Ghibli se ha convertido en uno de los estudios más destacados e importantes del cine animado. Algo que, además, hace de varias de sus películas clásicos generacionales. Es el caso de La princesa Monon

La princesa Mononoke cumple 29 años: la obra maestra de Ghibli que sigue siendo un puñetazo en la mesa

Mira, tío, no sé tú, pero hay películas que te marcan de crío y otras que te reventan la cabeza de adulto. La princesa Mononoke es de esas que hacen las dos cosas. Y ahora que cumple 29 años —sí, casi tres décadas—, toca recordar por qué esta joya de Studio Ghibli sigue siendo un pepino de cojones, y encima la tienes en Netflix para verla cuando te apetezca. No es una celebración más: es un recordatorio de que Hayao Miyazaki nos dejó una obra que no envejece, que sigue siendo incómoda, hermosa y brutal a partes iguales.

Vale, todos sabemos que Ghibli es la polla. Pero ojo, porque esta peli no es una más del catálogo. La princesa Mononoke llegó en 1997 y, coño, rompió moldes. No es una historia de princesas que esperan un beso ni de héroes que salvan el día con una sonrisa. Aquí todo es más jodido: hay maldiciones, dioses que se pudren de rabia, una guerra entre humanos y naturaleza, y un tío, Ashitaka, que intenta poner paz mientras se pudre por dentro. Miyazaki, el cabrón, no te da tregua. Te planta en un Japón medieval lleno de bosques sagrados, bestias gigantes y una humanidad que no sabe cuándo parar de talar árboles.

Y luego está San, la princesa Mononoke. Una tía criada por lobos, con el pelo suelto y una furia que te hiela la sangre. No es la típica heroína que busca venganza o redención; es la personificación de la lucha por la supervivencia, la rabia de un mundo natural que no se rinde. Miyazaki la dibuja como una guerrera, pero también como una persona rota, atrapada entre dos mundos. Y eso, tío, es lo que hace grande a esta película: no hay buenos ni malos. Eboshi, la líder de la Ciudad del Hierro, no es una villana de manual. Es una mujer que intenta darle un futuro a los marginados, aunque para ello tenga que cargarse un bosque entero. Y los dioses, como el jabalí Nago o la loba Moro, no son santos de ninguna iglesia: son bestias con su propio dolor y su propio egoísmo.

Lo que hace especial a La princesa Mononoke no es solo su animación, que es una pasada —esos paisajes, esos movimientos, los detalles de cada brizna de hierba—, sino cómo Miyazaki te mete el dedo en la llaga sin soltarlo. La película habla de ecología, sí, pero no desde un púlpito. Te muestra el conflicto real: la gente necesita madera, hierro, comida. Pero los dioses del bosque no pueden permitir que los humanos se lo lleven todo. No hay solución fácil. Y el director te deja ahí, en medio del barro, con Ashitaka sangrando y San gritando al cielo. Es una hostia de realidad que, 29 años después, sigue siendo más actual que nunca. Vivimos en un mundo donde quemamos selvas para cultivar soja, donde el capitalismo devora todo a su paso, y aquí tienes una peli de animación que ya te lo contó todo en los 90.

Y oye, que no es solo el mensaje. La banda sonora de Joe Hisaishi es para ponérsela de fondo en la ducha y llorar un rato. Esa mezcla de tambores, flautas y cuerdas te transporta al bosque, te hace sentir el viento y el olor a sangre. La escena del dios ciervo al final, con ese caminar lento y la música subiendo, es de las cosas más épicas que ha parido el cine. Y todo sin necesidad de diálogos grandilocuentes. Miyazaki confía en las imágenes, en los silencios, en la mirada de Ashitaka cuando decide no matar a nadie aunque tenga razones para hacerlo. Eso es cine, colega.

También me flipa cómo la película evita el maniqueísmo occidental. Aquí no hay un Harry Potter que derrota a Voldemort ni un Frodo que destruye el anillo. Hay un tío que intenta mediar, que pone su cuerpo entre dos bandos, y que acaba con una maldición que no se cura del todo. La princesa Mononoke no te da un final feliz. Te da un final agridulce, con San y Ashitaka separados, cada uno en su mundo, sabiendo que el conflicto no ha terminado. Es un mensaje de madurez que pocas pelis de animación se atreven a dar. Y por eso, cada vez que la veo, me doy cuenta de que es una obra maestra que crece conmigo.

Ahora, que la tengas en Netflix es una putada y una bendición. Una bendición porque puedes verla cuando quieras, en HD, con subtítulos o doblada —el doblaje español es decente, pero la versión original japonesa es otra historia—. Una putada porque, como todo en el streaming, el día menos pensado desaparece y te quedas con la tontería. Así que mi consejo: no esperes a que cumpla 30 años para verla otra vez. Si nunca la has visto, hazte un favor y ponte la peli un sábado por la noche, con las luces apagadas y sin móvil. Déjate llevar por el bosque, por los kodamas, por el ruido de las máquinas de la Ciudad del Hierro. Y cuando termine, quédate un rato en silencio, pensando en lo jodido que es vivir en un mundo donde la naturaleza y el progreso no se llevan bien.

En definitiva, La princesa Mononoke no es solo un clásico de Ghibli. Es un puñetazo en la mesa a la animación infantil, un grito de guerra contra la simplificación del bien y del mal, y una obra que, 29 años después, sigue siendo necesaria. Miyazaki nos dejó una carta de amor al bosque, a los dioses y a la humanidad que se equivoca. Y nosotros, mientras tanto, seguimos aquí, viendo cómo el mundo arde. Pero al menos tenemos esta peli para recordarnos que otro final es posible, aunque sea jodido. Dale al play y no te arrepentirás.

Según ha adelantado el medio Hipertextual.

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